Del curso de creación literaria, para terminar, cómo me ve mi amigo Miguel Ángel Vargas, ¡GRACIAS!
Con su perfil quijotesco, no me cuesta verlo con la nariz metida, si no en libros de caballerías, sí en lecturas difíciles que hagan volar su imaginación hasta desfacer entuertos que en esta vida moderna y desentendida pasan desapercibidos al resto de los mortales. Puede que no pretenda arremeter contra molinos creyendo que son gigantes, pero si unas aspas lo voltean en el aire, lo imagino esbozando una sonrisa socarrona desde el suelo mientras se incorpora y planea la forma de volver a intentarlo una y otra vez, hasta llegar a moderle las entrañas al monstruo.
Montado en su pluma delgada y voluntariosa, es capaz de moldear imágenes inverosímiles nacidas de experiencias personales que presenta al lector mientras recorre territorios lejanos sabedor de que pretende contar sueños que a veces ni él mismo es capaz de inventar. Le fastidia convencer; lo considera un fracaso. Lo que de verdad le gusta es provocar el desconcierto y el debate, no sé si buscando la participación del lector en su obra o lo contrario, que sea la obra la que acabe interiorizando las interpretaciones ajenas, enriqueciéndose con cada lectura. Porque lo cotidiano le resbala. Lo habitual le da grima. Busca lo sorprendente, lo extraño, los finales ininteligibles, hacer filosofía de una botella de cerveza vacía, convencer de la conveniencia de viajar bajo la lluvia en bicicleta, a diez grados, y disfrutar del paseo.
No se hace acompañar de escudero alguno porque para el camino que ha de recorrer se basta él y sus circunstancias. Él y sus lagunas. Y el que quiera, que las rellene.