17 de abril de 2031, Yeti Mountain Home, Namche Bazaar. Nepal.
Hoy cumplo 57 años. El grupo de urbanitas que van conmigo están ya durmiendo. Se han sorprendido al ver cómo su juventud se acobarda ante un guía añejo. Este tipo de gente se pertrechan tras sus máquinas y miran las montañas usando sus objetivos en lugar de respirarlas como yo aprendí a hacerlo. A veces, muy de vez en cuando, sólo una vez cada eternidad, llega alguien en quien reconozco la capacidad de mirar y de subir una montaña para pedirle al viento un poema.
Hoy en el hotel me he cruzado con una de estas personas. Harto de mis clientes, me he sentado solo en una esquina, tras unos instantes, se ha sentado enfrente mío. Un empleado que me conoce me lo había enviado para darle información sobre las rutas de esta zona del Himalaya.
Barba descuidada, se frota los hombros doloridos por las correas de la mochila, flaco, pelo desastroso y la mirada del que no sabe qué es lo que busca. Se parece a mí. Veo que está huyendo como yo también hice hace 20 años. No sé por qué, me pide permiso para sentarse, la mesa no es mía. Me pregunta por los senderos, pero no sabe dónde quiere ir. Ha llegado a Nepal con poco más que un alma de vagabundo y no sabe qué hacer con ella. Se parece a mí.
Hemos tardado un rato en presentarnos. Culpa de los dos. Llevamos el mismo nombre, pero a ninguno nos ha hecho gracia. Nuestro nombre nos ha recordado a nuestros hijos, la condena de los seres errantes. Aún sabiendo que nunca nada es para siempre, cada minuto lejos de un hijo es un martirio. Se nos ha torcido el corazón.
Me dijo cómo al fin decidió soñar; y como los sueños no se comparten, se ha venido solo al Himalaya. Le conté cómo es mi trabajo, noto la envidia y la duda, las mismas que yo sentí hace veinte años. Cada año reboto como una pelota de una vida a otra, incapaz de decidirme. Unos meses me siento delante de una mesa y me preocupo por un niño y otros, doy tumbos por Asia preocupándome por los grupos de niños que me pagan por conseguir que no se maten y vuelvan a sus casas seguros. El cabrón se parece mucho a mí.